jueves, 21 de agosto de 2025

REACCIONAR O NO REACCIONAR, HE AHÍ EL DILEMA

Todos hemos vivido momentos en los que una palabra, un gesto o un contratiempo desatan en nosotros una tormenta emocional. Por ejemplo, imagina que recibes un mensaje crítico de un amigo o colega: tu corazón se acelera, la frustración te invade y tu mente comienza a tramar la respuesta perfecta, aunque algo áspera. Horas después, te das cuenta de que reaccionaste de manera exagerada y que quizá una pausa hubiera cambiado todo. Estos pequeños episodios muestran cómo, con frecuencia, permitimos que lo negativo controle nuestras emociones y decisiones.

En la vida cotidiana, es fácil dejarnos llevar por las emociones negativas: críticas, injusticias, contratiempos o rumores pueden generar en nosotros ansiedad, enojo o resentimiento. Sin embargo, la Biblia nos enseña que nuestra respuesta a estas situaciones determina nuestra paz interior y nuestro testimonio ante los demás. En Efesios 4:26-27 se nos aconseja: “Enójense, pero no pequen; no dejen que el sol se ponga estando todavía enojados, ni den lugar al diablo.” Este versículo nos recuerda que sentir molestia es humano, pero debemos controlar nuestra reacción y no permitir que el enojo gobierne nuestras acciones.

Dejar de reaccionar automáticamente a lo negativo implica desarrollar un corazón lleno de gracia y discernimiento. Proverbios 15:1 dice: “La respuesta amable calma el enojo, pero la palabra áspera aumenta la ira.” Antes de responder, podemos detenernos, orar y pedir sabiduría al Espíritu Santo para actuar con calma y justicia. Aprender a reflexionar, a no absorber la negatividad de otros y a confiar en la justicia de Dios nos libera del peso emocional de la reacción impulsiva.

Al enfocarnos en lo positivo, en lo que edifica y en el amor de Cristo, nuestra vida se transforma. Así, en lugar de ser arrastrados por cada provocación, respondemos con paz, paciencia y sabiduría, dejando que la luz de Dios guíe nuestras palabras y acciones.

Imagen de uso libre: Pixabay

viernes, 8 de agosto de 2025

¡DEFIÉNDEME, SEÑOR!

 


Cómo Enfrentar La Difamación A La Manera De David

La difamación tiene muchas caras: mentiras, chismes, manipulaciones y comentarios malintencionados que se esparcen sin medir consecuencias, sin pensar en el daño que provocan. Se hace mucho daño, a veces humanamente irreparable. Hoy, las redes sociales y los medios de comunicación le han dado un alcance exponencial, pero en realidad solo reflejan prácticas muy arraigadas en la conducta humana. Prácticas que, a lo largo de la historia, han dejado a muchos como víctimas… y a otros, como victimarios.

En el Salmo 7, David clama a Dios pidiendo justicia frente a acusaciones falsas. Él no busca venganza humana, sino refugio en el Señor, quien conoce la verdad. Enfrentar la difamación es una prueba dura para el corazón, pero la Escritura nos enseña cómo actuar.

Si estás en una situación como la de David, lo primero es correr hacia Dios para pedir protección. Recuerda: Su opinión es la única que importa (Romanos 8:33). A veces, responder puede ser necesario. Proverbios 26:4-5 nos da sabiduría: No respondas al necio de acuerdo con su necedad… respóndele como merece su necedad. Jesús mismo, al enfrentar difamación, algunas veces la contradijo (Juan 5:19-46), otras veces se burló de la acusación absurda (Lucas 7:28-34), en ocasiones hizo preguntas  o contó para exponer los motivos de sus acusadores (Lucas 14:1-6) y muchas veces simplemente la ignoró (Marcos 11:33).

Cuando el ataque viene directamente contra ti, y de parte de alguien en la familia de la fe, es aún más doloroso, pero aun para este caso Jesús da una pauta. Sigue el consejo de Mateo 18:15-17: habla primero en privado con tu hermano; si no escucha, lleva testigos; si persiste, infórmalo a la iglesia; y si aun así no escucha, trátalo como gentil y publicano.

Si escuchas a alguien difamar a otro, especialmente a un hermano en la fe, ora y, si la situación lo permite, corrige al que está pecando. Martín Lutero dijo que la difamación debe detenerse igual que un asesinato, pues destruye vidas. Nuestra preocupación debe estar con la víctima, no con la incomodidad del difamador.

Y si has sido tú quien ha difamado, confiesa tu pecado a Dios: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar…” (1 Juan 1:9). Si el daño fue público, el arrepentimiento verdadero te llevará a repararlo públicamente. No basta decirle a Dios “lo siento” y seguir adelante. Juan el Bautista exhortó: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Lucas 3:8, 10-14). Dios perdona, pero el perdón genuino nos impulsa a cambiar y a restaurar lo que hemos dañado.

En todo, recuerda que el Señor es tu defensa, tu juez justo y tu refugio seguro. Como David en el Salmo 7, deposita tu causa en Sus manos y responde con integridad, confiando en que Dios vindicará la verdad.

(Imagen: Pixabay de uso libre)