(Reflexiones en el libro de Daniel, la Biblia)
(Reflexiones en el libro de Daniel, la Biblia)
Pensamientos en el umbral de año nuevo
En la transición hacia un nuevo año vuelve a ocuparme
un tema antiguo y persistente: el aburrimiento. Esa condición en la que muchos
caen apenas se extingue la acción, la ocupación o el entretenimiento. Pareciera
que hemos llegado a creer que nuestros sentidos no necesitan reposo y que deben
permanecer siempre sometidos a una estimulación constante, cada vez más
intensa.
En mi caso, pocas veces
he llegado a ese estado. Hace tiempo me inscribí en la escuela de quienes
buscan, aman y disfrutan la quietud, el silencio, la contemplación y la grata
compañía de sí mismos.
Por eso me reconozco en
las palabras de Pascal, cuando afirma que gran parte de la desdicha humana nace
de no saber permanecer en silencio y a solas, y de preferir la prisa y la bulla
antes que el ejercicio honesto de pensar.
También me cuento entre
quienes, especialmente al final del año, se detienen en un proceso íntimo de
autoevaluación. No se trata de torturarse, sino de escuchar con atención las
preguntas que verdaderamente importan:
¿Quién soy y qué valoro?
¿Qué me apasiona hoy?
¿Qué dones me ha dado Dios y cómo los estoy ejerciendo?
¿Qué pasos necesito dar ahora para que mi futuro sea mejor que mi pasado?
¿Cómo quiero que me recuerden?
Aunque algunas
respuestas tardan en llegar, este examen de conciencia culmina en un clamor al
Altísimo, pidiéndole luz y dirección:
“Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón;
ponme a prueba y sondea mis pensamientos.
Fíjate si voy por mal camino
y guíame por el camino eterno.”
Salmo
139:23–24
Las emblemáticas antenas de Radio
Trans Mundial en Bonaire, la isla holandesa en el Caribe, siguen cautivándome.
En mi más reciente estadía de cinco semanas allí, tuve la oportunidad de
disfrutarlas por dentro y por fuera. Por dentro, toneladas de cobre en sus
bases se entrelazan en un diseño de ingeniería que transforma los programas en
ondas sonoras. De día, recorres toda la isla sin perderlas de vista. Desde el
mar, en un paseo nocturno en bote, sus luces son imperdibles. Me admiro del
coraje de los jóvenes que escalan más de 750 pies de altura para darles
mantenimiento.
Cada vez que una señal radial
atraviesa fronteras, alcanza islas, selvas, ciudades y desiertos, se cumple un
pedazo de esa visión profética. Las ondas invisibles llevan un mensaje eterno
y, aunque no podamos verlas, su fruto es evidente: vidas restauradas, corazones
consolados y fe naciendo en lugares impensados.
Quizás no todos podamos predicar
desde un púlpito, pero cada palabra transmitida es una semilla sembrada. Y tú,
al orar, apoyar o simplemente escuchar, también eres parte de esta misión.
Oración: Señor, permite que tu Palabra siga corriendo con poder, alcanzando corazones heridos, trayendo luz a la oscuridad y llenando la tierra de tu gloria, como las aguas cubren el mar.
Publicado originalmente en el
devocionario de RTM, “Esperanza al Alcance”
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” Isaias 9:6
La Navidad nos invita a
detenernos y contemplar un regalo que transforma la historia: Dios hecho niño.
Isaías anuncia con siglos de anticipación que la esperanza no vendría con
ejércitos ni poder humano, sino en la fragilidad de un recién nacido. En Jesús,
Dios se acerca, se hace accesible, camina entre nosotros.
Cada nombre que Isaías
menciona responde a una necesidad profunda del corazón humano. Cuando no
sabemos qué decisión tomar, Él es Consejero. Cuando sentimos debilidad, Él es Dios
Fuerte. En un mundo marcado por la ausencia y el temor, Él es Padre Eterno. Y
en medio del ruido, el conflicto y la incertidumbre, Jesús se revela como el Príncipe
de Paz.
La Navidad no es solo recordar
un nacimiento, sino renovar nuestra confianza en que Dios sigue obrando hoy.
Que al celebrar esta fecha, abramos nuestro corazón para recibir no solo al
Niño en el pesebre, sino al Rey que gobierna con amor y trae paz verdadera a
nuestra vida.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… lleno de gracia
y de verdad.” --Juan 1: 14-17
La Navidad nos recuerda
un misterio profundo y cercano a la vez: Dios no se quedó distante, sino que se
hizo carne y vino a habitar entre nosotros. El Verbo eterno se hizo visible,
tocable, cercano. En Jesús, la gloria de Dios se manifestó no con poder imponente,
sino con gracia, verdad y amor.
Juan
nos muestra que, en Cristo, recibimos “gracia sobre gracia”. No es una gracia
limitada o pasajera, sino abundante, renovada cada día. La ley reveló el
camino, pero Jesús vino a mostrarnos el corazón del Padre. Él no solo enseña la
verdad; Él es la verdad vivida entre nosotros.
En
Navidad celebramos que Dios eligió entrar en nuestra historia, caminar nuestras
calles y comprender nuestras luchas. Su luz sigue brillando en medio de la
oscuridad, recordándonos que no estamos solos. Al contemplar al Niño que vino
del cielo, somos invitados a recibir de su plenitud y a vivir transformados por
su gracia y su verdad.
En
el pesebre vemos humildad, pero en ese Niño habita toda la grandeza de Dios.
Aquel que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder eligió entrar en
nuestra historia para ofrecernos salvación. Su nacimiento anuncia que el Dios
eterno se acerca para redimir, purificar y restaurar.
La humillación
es una de las experiencias más difíciles de soportar. Nos expone, hiere nuestro
orgullo y despierta sentimientos de enojo o impotencia. Sin embargo,
estos momentos también pueden convertirse en oportunidades profundas para crecer
en fortaleza interior.
El primer paso
es reconocer lo que sentimos. No negarlo ni disfrazarlo. Decirnos con
honestidad: “Me dolió lo que pasó”, nos permite procesar el malestar sin quedar
atrapados en él. La tolerancia a la frustración no consiste en endurecer el
corazón, sino en aprender a respirar dentro del dolor sin dejar que nos
gobierne.
Luego, viene
la aceptación. No significa justificar lo ocurrido, sino aceptar que
sucedió. Resistirnos a la realidad solo amplía la herida. Aceptar nos libera
para mirar hacia adelante y decidir cómo responder con sabiduría.
Podemos
entonces reformular lo sucedido: preguntarnos qué podemos aprender, qué
valor propio se sintió amenazado o si acaso estamos tomando lo ocurrido de
forma demasiado personal. Este cambio de mirada reduce el peso emocional y abre
paso a la paz.
También es
importante reforzar nuestra identidad. El valor personal no depende de
la opinión ajena ni del trato recibido. Recordar quiénes somos ante Dios nos
devuelve equilibrio: “Soy amado, aunque haya sido malentendido; tengo dignidad,
aunque otros no la reconozcan.”
La tolerancia
se fortalece con pequeñas prácticas diarias: esperar sin queja, aceptar
errores, responder con calma ante una crítica. Así se entrena el alma.
Y finalmente, el
perdón. Cristo fue humillado y no respondió con ira. Perdonar no borra el
dolor, pero nos libra de quedarnos prisioneros en él. La verdadera fortaleza
nace cuando respondemos al agravio con serenidad y dejamos que Dios sane lo que
la humillación tocó.
Temía
prestarlos y que no me los devolvieran. Guardaba en mi mente con claridad a
quién y cuándo le había prestado alguno… y casi no perdonaba si no lo
recuperaba.
Pero todo
cambió cuando tuve que mudarme a otro país. Mientras reducía mi equipaje a lo
esencial, tuve que resignarme a donar aquel “tesoro” acumulado. Fue doloroso,
pero también liberador.
En esta nueva
etapa, cuando tengo la oportunidad de comprar libros usados a precios
reducidos, aprendí a valorar la generosidad de quienes los donaron antes. Me
digo: a menos que se trate de libros de consulta a los que uno necesita
regresar, ¿por qué no pasarlos a otros, para que ellos también reciban el
beneficio que yo ya recibí?
Aprendí que los libros,
como muchas otras cosas, no están para ser guardados celosamente sin propósito. De hecho, las trazas ya habían afectado algunos de mis libros con el
paso del tiempo. Comprendí que
lo que Dios nos da —sea tiempo, recursos o conocimiento— no es para acumularlo,
sino para compartirlo. Porque la verdadera riqueza no está en lo que guardamos
para nosotros, sino en lo que entregamos a otros.
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde ladrones entran y hurtan” Mateo 6:19
Uno de los cargos que con mayor frecuencia debía reclutar durante mi carrera en Gestión Humana era el de Cajero. Al entrevistar candidatos con experiencia, solía preguntarles si habían tenido la ocasión de detectar billetes falsos. La mayoría respondía que sí, y que el uso de dispositivos para verificar la legitimidad de los billetes les facilitaba mucho el trabajo.
En
una ocasión recuerdo haber profundizado con un candidato y le planteé:
—¿Qué harías si no tuvieras una máquina que te ayudara?
Él
me respondió con seguridad:
—Si eres un cajero
entrenado, no es difícil. El entrenamiento consiste en conocer bien todas las
características del billete verdadero. Cuando lo conoces a fondo, cualquier
falso, por idéntico que parezca, se puede identificar.
Esa respuesta se grabó
en mí, porque entendí que el mismo principio aplica a la realidad de la cultura
en que vivimos: una sociedad saturada de información falsa, manipulada y
tergiversada, que hoy alcanza niveles desproporcionados con la comunicación viral.
Vivimos en una era de maleantes informáticos que lanzan trampas para engañar y
defraudar sin escrúpulos.
¿Cómo
evitar caer y ser víctimas de la falsedad y el engaño?
Técnicamente, existen
instrucciones y advertencias para orientarnos cuando surgen dudas o confusión.
Pero
espiritualmente, ¿qué hacer? Para reconocer lo falso, necesitamos estar
impregnados de la Verdad. Jesús dijo: “Yo soy el camino,
la verdad y la vida” (Juan 14:6). Y antes de ir a la cruz oró así
por sus seguidores:
“Yo les he dado tu
palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy
del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.
Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así
yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que
también ellos sean santificados en la verdad”
(Jn 17:14-19).
Aferrarnos
a las verdades eternas reveladas en la Biblia, la Palabra de Dios, nos da
discernimiento y sabiduría para vivir a salvo del error y la falsedad. Y
además, nos capacita para ayudar a otros a conocer también la Verdad en
Jesucristo.
“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn 5:20).
En
la Escritura encontramos este dolor reflejado en Judas, que no era un extraño
ni un enemigo declarado, sino uno de los discípulos más cercanos al Señor.
Caminó con Él, escuchó su voz, compartió la mesa y, aun así, lo entregó con un
beso. Aquello que debía ser un gesto de afecto se convirtió en señal de
traición. Jesús ya lo había anticipado al recordar las palabras del salmista:
“El que come pan conmigo levantó contra mí su calcañar”.
Sin
embargo, lo más sorprendente no es la traición en sí, sino la manera en que
Jesús la enfrentó. No se dejó paralizar por la amargura, ni detuvo su misión
por causa del dolor. Incluso en el momento decisivo, se dirigió a Judas
llamándole “amigo”. Con ello nos muestra que el veneno de la traición no debe
gobernar nuestro corazón.
Todos, en algún momento, podemos sentir el golpe del hacha cuyo mango es de nuestra propia madera. Pero la enseñanza de Cristo es que ese dolor no tiene la última palabra. La traición puede herirnos, pero no puede apartarnos del propósito de Dios si confiamos en Él. El camino no es guardar rencor, sino poner la herida en las manos del Señor, seguir adelante y permitir que Su gracia transforme aquello que parecía una pérdida en parte de Su plan redentor.
El Salmo 137 nos
recuerda la nostalgia de los israelitas en Babilonia, quienes, lejos de su
hogar, preguntaban: “¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?”
(Salmo 137:4). Esta pregunta resuena en mi experiencia personal, pues de un
tiempo a esta parte me ha tocado cantar, orar y estudiar la Biblia en otro idioma.
Aunque no sea por
exilio o por cautiverio, ser extranjero siempre tiene sus retos. Vivir en una
cultura diferente implica adaptarse a mentalidades, feriados, usos y costumbres
que no siempre se sienten propios. También hay momentos nostálgicos en los que
el corazón busca reconectarse con aquello que considera parte de su esencia. En
mi caso, evocando mis primeros días de fe, recordé los himnos que marcaban las
reuniones en mi antigua congregación. Decidí buscar y comprar en línea un ejemplar del himnario de mi juventud.
Cuando finalmente llegó
a mis manos, comencé a susurrar aquellos viejos himnos, transportándome a
momentos muy gratos de alabanza y adoración en el idioma de mi corazón. Fue
como si, a través de esas canciones, mi espíritu hallara un refugio en medio de
lo desconocido, afirmando que Dios trasciende idiomas y fronteras.
Hoy sé que cantar en
tierra extranjera es un acto de confianza y esperanza. Es declarar que, sin
importar dónde estemos, seguimos siendo del Señor y Él sigue siendo fiel.
Cantar en tierra
extranjera puede parecer difícil, pero es un acto de fe que nos conecta con el
Señor y nos recuerda que somos peregrinos en esta tierra, pertenecientes a un
hogar eterno que nada ni nadie puede quitarnos.
Todos hemos vivido momentos en los que una
palabra, un gesto o un contratiempo desatan en nosotros una tormenta emocional.
Por ejemplo, imagina que recibes un mensaje crítico de un amigo o colega: tu
corazón se acelera, la frustración te invade y tu mente comienza a tramar la
respuesta perfecta, aunque algo áspera. Horas después, te das cuenta de que
reaccionaste de manera exagerada y que quizá una pausa hubiera cambiado todo.
Estos pequeños episodios muestran cómo, con frecuencia, permitimos que lo negativo
controle nuestras emociones y decisiones.
En la vida cotidiana, es fácil dejarnos llevar
por las emociones negativas: críticas, injusticias, contratiempos o rumores
pueden generar en nosotros ansiedad, enojo o resentimiento. Sin embargo, la
Biblia nos enseña que nuestra respuesta a estas situaciones determina nuestra
paz interior y nuestro testimonio ante los demás. En Efesios 4:26-27 se nos
aconseja: “Enójense, pero no pequen; no dejen que el sol se ponga estando
todavía enojados, ni den lugar al diablo.” Este versículo nos recuerda que
sentir molestia es humano, pero debemos controlar nuestra reacción y no
permitir que el enojo gobierne nuestras acciones.
Dejar de reaccionar automáticamente a lo negativo
implica desarrollar un corazón lleno de gracia y discernimiento. Proverbios
15:1 dice: “La respuesta amable calma el enojo, pero la palabra áspera aumenta
la ira.” Antes de responder, podemos detenernos, orar y pedir sabiduría al
Espíritu Santo para actuar con calma y justicia. Aprender a reflexionar, a no
absorber la negatividad de otros y a confiar en la justicia de Dios nos libera
del peso emocional de la reacción impulsiva.
Imagen de uso libre: Pixabay
Cómo Enfrentar La Difamación A La Manera De David
La difamación tiene
muchas caras: mentiras, chismes, manipulaciones y comentarios malintencionados
que se esparcen sin medir consecuencias, sin pensar en el daño que provocan. Se
hace mucho daño, a veces humanamente irreparable. Hoy, las redes sociales y los
medios de comunicación le han dado un alcance exponencial, pero en realidad
solo reflejan prácticas muy arraigadas en la conducta humana. Prácticas que, a
lo largo de la historia, han dejado a muchos como víctimas… y a otros, como
victimarios.
En el Salmo 7, David
clama a Dios pidiendo justicia frente a acusaciones falsas. Él no busca
venganza humana, sino refugio en el Señor, quien conoce la verdad. Enfrentar la
difamación es una prueba dura para el corazón, pero la Escritura nos enseña
cómo actuar.
Si
estás en una situación como la de David, lo primero es correr hacia Dios
para pedir protección. Recuerda: Su opinión es la única que importa
(Romanos 8:33). A veces, responder puede ser necesario. Proverbios 26:4-5 nos
da sabiduría: No
respondas al necio de acuerdo con su necedad… respóndele como merece su
necedad. Jesús mismo, al enfrentar difamación, algunas veces la
contradijo (Juan 5:19-46), otras veces se burló de la acusación absurda (Lucas
7:28-34), en ocasiones hizo preguntas o contó para exponer los motivos de sus
acusadores (Lucas 14:1-6) y muchas veces simplemente la ignoró (Marcos 11:33).
Cuando
el ataque viene directamente contra ti, y de parte de alguien en la familia de
la fe, es aún más doloroso, pero aun para este caso Jesús da una pauta. Sigue
el consejo de Mateo 18:15-17: habla primero en privado con tu hermano; si no
escucha, lleva testigos; si persiste, infórmalo a la iglesia; y si aun así no
escucha, trátalo como gentil y publicano.
Si
escuchas a alguien difamar a otro, especialmente a un hermano en la fe, ora y,
si la situación lo permite, corrige al que está pecando. Martín Lutero dijo que
la difamación debe detenerse igual que un asesinato, pues destruye vidas.
Nuestra preocupación debe estar con la víctima, no con la incomodidad del
difamador.
Y
si has sido tú quien ha difamado, confiesa tu pecado a Dios: “Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar…” (1
Juan 1:9). Si el daño fue público, el arrepentimiento verdadero te llevará a
repararlo públicamente. No basta decirle a Dios “lo siento” y seguir adelante.
Juan el Bautista exhortó: “Haced, pues, frutos dignos de
arrepentimiento” (Lucas 3:8, 10-14). Dios perdona, pero el perdón
genuino nos impulsa a cambiar y a restaurar lo que hemos dañado.
En
todo, recuerda que el Señor es tu defensa, tu juez justo y tu refugio seguro.
Como David en el Salmo 7, deposita tu causa en Sus manos y responde con
integridad, confiando en que Dios vindicará la verdad.
(Imagen: Pixabay de uso libre)
El Salmo 16 es una joya de confianza y esperanza. En sus once versículos, identificamos al menos 9 conceptos que definiremos con la letra “P” y que resumen la experiencia espiritual de David: Petición, Proclamación, Presencia, Personas, Provisión, Percepción, Paz, Promesa y Profecía. Cada una de estas áreas revela cómo Dios se manifiesta como nuestro refugio y guía en todas las etapas de la vida.
David
comienza con una petición y una proclamación sincera: “Guárdame, oh Dios (petición), porque
en ti he confiado (proclamación)” (v.1). Su vida estaba en peligro o bajo
presión, no especifica qué le sucedía en este caso, pero su primer instinto es
correr a Dios. Él sabe que solo el Señor puede protegerle de verdad.
Jesús
mismo lamentó. En Getsemaní, su alma estaba "muy triste, hasta la
muerte", y no ocultó su angustia. En la cruz, citando el Salmo 22, clamó:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Estas expresiones no fueron
falta de fe, sino un acto de confianza profunda en medio del dolor. El autor de
Hebreos lo afirma: Jesús oró con clamor y lágrimas, y fue escuchado.
Todos
enfrentamos momentos en que la vida nos sobrepasa: enfermedades, pérdidas,
conflictos o luchas internas. El lamento nos permite llevar estas cargas ante
Dios, sin pretensiones ni máscaras. Nos invita a acercarnos con humildad y
sinceridad, a presentar nuestras preguntas, y a recordar quién es Él: nuestro
refugio y salvación.
Lamentar
no es rendirse, sino un paso valiente hacia la esperanza. En medio del
quebranto, elegimos volver a Dios, expresar nuestras quejas con reverencia,
presentar nuestras súplicas y renovar nuestra confianza. Porque aún en la
oscuridad, podemos decir como el salmista: “Espera en Dios; porque aún he de
alabarle, salvación mía y Dios mío” (Salmo 42:5).