La Navidad proclama que Dios ha hablado de la manera más clara y definitiva: por medio de su Hijo. Ya no solo a través de profetas, señales o promesas futuras, sino en la persona de Jesús. Él es el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia, hecho visible para nosotros.
En
el pesebre vemos humildad, pero en ese Niño habita toda la grandeza de Dios.
Aquel que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder eligió entrar en
nuestra historia para ofrecernos salvación. Su nacimiento anuncia que el Dios
eterno se acerca para redimir, purificar y restaurar.

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