"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


miércoles, 19 de agosto de 2020

ABUSO E INFANTICIDIO: MUCHO CON DEMASIADO

Uno quiere hablar de esperanza, pero las circunstancias hay días que nos superan. Las tragedias nos invaden. Algunas se instalan y tenemos que lidiar y convivir con ellas. Otras nos sacuden como un repentino tornado que trastorna rápida e inesperadamente. Para todos los casos la resiliencia es la vía recomendada para salir fortalecidos y adoptar cambios que nos ayuden a ser mejores después. 

Es  atroz y desconcertante lo que sucedió a una pequeña niña de la comunidad al inicio de esta semana. Abusada, asesinada y su cuerpecito lanzado al fondo del mar por su verdugo. Este hecho, que sacude el alma y  levanta una generalizada indignación, revive el inframundo del abuso en su más aberrante dimensión. Pone en evidencia el potencial de hacer daño del que puede ser capaz un ser humano tras la fachada del amigo, del vecino, del padrastro, del pariente, de la gente de confianza.  Hará que muchos se tornen paranoicos, si  cabe el término,  en el cuidado y protección que se debe prodigar a los pequeños, vulnerables hasta más no poder en este sentido.

Se pide a gritos una respuesta inmediata y contundente de las autoridades. Sin embargo, este grito puede ser una proyección de culpas propias. Las Protestas caldeadas son una manifestación  poco civilizada a la consecuencia que pudo evitarse. Quizá entre la multitud de los reclamantes se mezclen algunos otros  abusadores, negligentes, y testigos silentes que, como aquellos que pretendían apedrear a la adultera en la historia del evangelio, tal vez solo procuran con su alboroto acallar sus propias conciencias.

Protejamos a los pequeños, por el amor de Dios, protejamos a los más pequeños.

lunes, 10 de agosto de 2020

EL HABITO.. ¿NO HACE AL MONJE?

 Foto por Georgina Thompson. Vitrina de una tienda de ropa religiosa en Ciudad del Cabo, Sudáfrica (2010)

Mateo Alemán, en su novela “Guzmán de Alfarache” es el autor de la célebre cita “El Hábito no hace al monje”. Su uso, con el tiempo aplica al principio de que no debemos juzgar a las personas por su apariencia.

Sin embargo, el poder de la apariencia física asociada a un rol tiene un poder psicológico, sociológico, de soporte a la esencia del portador: El uniforme de un piloto, debe dar la sensación de seguridad a los pasajeros de un vuelo, el atuendo del doctor, vende esperanza de salud al paciente, el uniforme del policía, le atribuye una autoridad que debe ser acatada en ciertos contextos. He visto como un cuello clerical abre muchas puertas vedadas a otros.  El hábito del sacerdote, simboliza espiritualidad y, sin duda, condiciona la actitud de aquellos con quienes interactúa.

En un desafortunado evento ocurrido recientemente en mi país,  un joven involucrado en acciones delictivas, luego de herir de bala a dos personas,  penetra a tempranas horas de la mañana en un hogar que se encuentra en su desesperada ruta de escape. Allí toma como rehenes a una madre y su bebé. Por horas la comunidad, la policía y la prensa intentan negociar con el individuo procurando rescatar con vida a los rehenes. El secuestrador armado insiste en no entregarse, ya que no confiaba que su vida e integridad física serían preservadas. Finalmente solicita la presencia de un sacerdote, quien, dicen los negociadores, ya viene en camino.

El Sacerdote y una valiente periodista son aceptados a ingresar a la casa por el secuestrador, también el padre de la mujer secuestrada. La dinámica entonces fluctúa entre declaraciones del secuestrador y rogativas de los presentes de que entregue el arma, de que suelte al bebe, de que salga acompañado del religioso o de la periodista… En todo momento su discurso es el de una persona atormentada, que pregunta a los presentes si toma su propia vida, a lo que le insisten que no. Manifiesta su miedo a entregarse porque ha estado preso antes y eso ha implicado recibir maltrato. Hay un punto en que pide al sacerdote orar. Levemente se descuida y una ráfaga de fuego sacude la transmisión y ahí concluye nuestra oportunidad de ser testigos de lo ocurrido.

A su salida, el "sacerdote" resulta ser un oficial de policía disfrazado. Los presentes aplauden la acción y los colegas validan el “buen trabajo”. Para unos el policía es el héroe, para otros el villano criminal usurpador de un rol sagrado.

A raíz del desenlace, las reacciones brotan como de un volcán en erupción. Siempre es más inteligente el que analiza y dicta cómo debió actuarse sin estar en los zapatos del que actúa y en el calor del momento ante un ser acorralado, mentalmente atormentado  e impredecible en su accionar.  Nadie al parecer, incluyéndome, puede opinar sin algún sesgo, sin alguna subjetividad. En mi caso, pienso que si se prolongaba la situación el desenlace pudo hacer sido aún más lamentable. Pienso en casos previos de nuestro contexto local,  en que las victimas del secuestro o los oficiales actuantes fueron quienes perdieron la vida en la operación.  

Por otro lado, la indignación que manifiestan los legítimos dueños del hábito sacerdotal, suena en mis oídos como un reclamo farisaico, en donde lo que importa es la apariencia y no la integridad física de los inocentes involucrados.

Cuando un oficial falta, su baja deshonrosa incluye un público evento en que se le despoja del uniforme. Pero este acto no aplica para el hábito. Para reclamar la sublimidad del hábito hay que respaldarlo con el fundamento moral y ético. El respeto no se pide, se gana.

En casos como este todos perdemos, pero quienes más son los miembros de esa familia que requerirán tiempo para recuperarse del trauma.  Hay las circunstancias en las que hay que dar por perdidas algunas cosas. Aquí quedó un precedente, pues  de volver a ocurrir algo similar, no se confiará en nadie para mediar. Y las fuerzas del orden, también cuestionadas en su contexto, tendrán que acogerse a sus propios recursos y a su tesis de que hay circunstancias en las que no se negocia, se actúa.

Cuando el hábito se usa como disfraz, se puede tener apariencia de piedad, pero los hechos negarán la eficacia de ella[i]. Es la incoherencia nuestra de cada día.



[i] 2 Timoteo 3.15


martes, 4 de agosto de 2020

LOS COLORES DE LA VIDA


Foto por Georgina Thompson-Vista de la ciudad de Santo Domingo. 

Me sorprendió esta mañana un impresionante arcoíris. Pensé por supuesto en la narración bíblica de su origen. Es reflejo de la misericordia de Dios. Y a la vez pensé de qué color es la vida. Me respondí: depende…

La vida es gris,  cuando se torna una travesía de supervivencia en bajo perfil, sin brillo ni estridencia. Es gris para aquel que carece de lo esencial, vulnerable y desvalido, hambriento y desnutrido.

La vida es azul, (Blue) para aquel que  vive hundido en la tristeza, el duelo, las pérdidas y la traición. Para aquel cuyos  ojos no son capaces de distinguir otro color. Hay frio y vacío, soledad y oscuridad. Hace falta luz, hace falta calor, hace falta color.

La vida es roja, intensa, arriesgada, para el que transita por las sendas de la delincuencia, en paralelo con el que la combate. Es roja también para el temerario que desafía la ley y la prudencia. Siempre hay sangre, y tarde o temprano puede ser la propia.

La vida es  negra, para el que ama la noche, cuando otros van a la cama, él se prepara para salir, trasnocha en juergas y vicios. Es negra también para el empleado de turno nocturno, que vive en el submundo de las horas de la lechuza.

La vida es rosa, pensamos, para  aquellos capaces de conjugar  la comodidad, los caprichos y antojos  garantizándole  indulgencia a los sentidos. Los problemas son de terceros y los observa con ligereza, mientras se complica decidiendo qué marca comprar esta vez o qué restaurante recomendado  falta por visitar. Lo que para otros es un drama, para ellos es una oportunidad de exhibir su plenitud y sus glamorosas fachadas. Pero es rosa para los que miramos, no necesariamente para el que la vive.

La vida es amarilla, para el que se expone al imponente sol con toda su calidez, con todo su fuego, con toda su luz, no teme a quemarse, no teme al calor, el deber y la responsabilidad le hace querer aprovechar cada destello de luz que otorga el día.

Se promueve hoy más que nunca que la vida sea verde. El verde es el color de la vida en el contexto de la esperanza, que, como dijo el poeta, siempre es más fuerte que la desesperación. Es el color de un medioambiente equilibrado, que garantice el bien común.

Quizá no es que sea de colores la vida, sino sus estaciones, como las pinta Vivaldi con su música. Tiempo para todo en este mucho para lo que se disfruta y para lo que sufre. Dios todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la dimensión de la obra de Dios.