En algunos
supermercados, especialmente cuando se promueve un producto nuevo, es común
encontrar pequeñas estaciones de degustación. Allí, alguien ofrece un pequeño
bocado mientras explica qué contiene ese alimento, cómo puede prepararse o con
qué otros ingredientes combinarlo. La intención es sencilla: no solo hablarte
del producto, sino invitarte a experimentarlo. Y muchas veces, basta una
pequeña prueba para despertar el interés y motivarte a llevarlo contigo. De esa
forma he adquirido comestibles que de otra forma tal vez nunca habría
descubierto ni comprado.
El Salmo 34
hace una invitación parecida, pero infinitamente más profunda: “Gustad y ved
que es bueno Jehová.” Es interesante que no dice simplemente “escuchen” o
“aprendan” que Dios es bueno. Dice gustad. Eso implica experiencia
personal. Significa probar por uno mismo, acercarse, descubrir, comprobar.
Muchas
personas conocen acerca de Dios porque alguien más les habló de Él. Han
escuchado sermones, leído versículos o recibido consejos espirituales en
momentos difíciles. Pero existe una diferencia entre conocer información sobre
Dios y experimentar personalmente su bondad.
Experimentar
que Dios es bueno puede suceder de maneras muy sencillas y profundamente
reales: en la paz inesperada que llega en medio de una preocupación, en una
puerta que se abre cuando parecía cerrada, en la fortaleza para enfrentar un
día difícil, en el consuelo recibido en un momento de tristeza, o en una
respuesta clara después de mucho tiempo de oración.
Y, como ocurre
con una degustación, una experiencia genuina suele despertar el deseo de más.
Cuando experimentamos la fidelidad de Dios en un área de nuestra vida, nuestra
confianza crece para seguir dependiendo de Él en otras.
Pero hay algo
importante: nadie puede “gustar” por nosotros. La fe heredada, los testimonios
ajenos y las experiencias de otros pueden inspirarnos, pero llega el momento en
que cada persona necesita conocer personalmente la bondad de Dios.
Quizá hasta
hoy has oído hablar de su paz, su provisión o su consuelo, pero no te has
permitido acercarte con expectativa personal. La invitación del Salmo sigue
abierta. Dios no se presenta como una teoría para analizar, sino como una
realidad para experimentar.
Tal vez tu
primer paso sea una oración sencilla y honesta: “Señor, quiero conocerte de
manera real. Permíteme experimentar tu bondad en mi vida.”
Porque cuando
uno realmente prueba la bondad de Dios, ya no depende únicamente de lo que
otros cuentan; comienza a hablar desde su propia experiencia.



