El miedo tiene una
forma silenciosa de instalarse en la mente: preguntas sin respuesta, escenarios
que no controlas y una sensación constante de incertidumbre. El Salmo 34 nos
recuerda que el temor no se vence ignorándolo, sino llevándolo a Dios. “Busqué
al Señor, y Él me oyó, y me libró de todos mis temores.” No dice que los
temores no existían, sino que fueron confrontados en la presencia de Dios.
Elena,
una madre soltera, recibió una llamada inesperada informándole que la empresa
donde trabajaba haría recortes de personal. Esa noche casi no pudo dormir.
Pensó en sus hijos, en la renta, en las cuentas pendientes. Mientras más
pensaba, más crecía el miedo. Pero antes de amanecer, decidió sentarse en
silencio con su Biblia abierta en el Salmo 34. No tenía soluciones inmediatas,
pero comenzó a orar: “Señor, no puedo controlar lo que pasará mañana, pero sí
puedo buscarte hoy.” Aquella oración no resolvió instantáneamente sus
problemas, pero sí transformó su interior. El miedo dejó de gobernar sus
pensamientos, porque ahora había puesto su carga delante de Dios.
Muchas veces el temor pierde fuerza
cuando deja de ser un diálogo interno y se convierte en una conversación
sincera con el Señor. Hoy puedes hacer lo mismo. Nombra aquello que te
inquieta: el futuro, la salud, una decisión pendiente. Y luego entrégalo. Dios
no solo escucha; también sostiene, guía y da paz aun en medio de la
incertidumbre.
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