"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


miércoles, 3 de diciembre de 2014

CAMINO A CASA

Es un “flashback” de esos que me vienen de pronto como una ola. Estoy en mi pueblo caminando junto a mis hermanas de Oeste a Este por esa calle principal que lleva del parque hacia nuestro barrio.  Obviamente, vamos rumbo a casa, y al parecer, el transporte público está difícil; está cayendo la tarde y nos resignamos a avanzar a pie, entretanto conservamos la esperanza de que pase alguna guagua. Mi sobrinita, pequeña e inquieta, parece ser mi mayor preocupación, sobre todo porque ocasionalmente se suelta de la mano de su madre. Temo que se salga corriendo de la acera.

 De pronto pasamos frente a un residencial en construcción y levanto la mirada admirando la altura de los condominios. “No estaría mal vivir en este sector, desde ahí arriba debe verse el mar” y en mi mente recreé el paradisiaco borde de la costa azul con espuma blanca y brisa deliciosa. Seguía oscureciendo y un apagón reinaba en el área.

 Mis hermanas no parecían en ánimo de interactuar conmigo. No responden a mis comentarios ni voltean a mirarme, pues voy justo detrás de ellas. Tienen su propio tema. Dicen que llevamos todo lo que mami pidió, excepto la harina de trigo. Me ofrezco a parar en algún colmado en el trayecto para conseguirla. Tampoco a eso me responden. Pero ya estamos en la primera calle del barrio, así que me separo de ellas y entro al Colmado Azul de la calle segunda;  hay gente pidiendo, a quienes atienden; yo pido un par de libras de harina blanca, y el que despacha parece ignorarme.

 Entretanto, me distrae una pequeña especial; su carita me revela que tiene síndrome de Down.  Ella insiste en llamar mi atención, halando mi falda y balbuceando palabras que no entiendo… casi me desespera cuando se torna  histérica por mi presencia.   Desisto de esperar, desprendo la manito de la niña de mi falda y salgo; voy a otro colmado que está casi  en frente… hay una pareja del otro lado del mostrador, la luz dentro de la pequeña despensa es tenue, parece que no tienen generador eléctrico.

  Trato de hablar, pero siento que no se han percatado de mi presencia. Casi grito, ¿Qué es lo que pasa que no atienden a los clientes?, ¡Solo necesito un par de libras de harina! Estoy disgustada y también salgo de ahí sin comprar nada, y al avanzar un poco más, extraño a mis hermanas, deben haber llegado a casa… el panorama cambia, ahora estoy rodeada de lodo y desolación.

 En nuestra calle, a todo lo largo veo a los vecinos paleando lodo que están sacando de las casas. No me detengo hasta llegar frente a mi hogar y veo a mi madre, revestida de lodo de pies a cabeza, cargando en lata aquel fango que lo afea todo, “¡Madre!”,  le hablo, ¿Qué pasó? Ella está sumida en su tarea, con el rostro demacrado por la perturbación. Todos me ignoran. Excepto aquel joven vestido de traje que, con las manos en los bolsillos y recostado de la pared frente a casa me llama con una seña, moviendo su cabeza como diciendo “venga acá”. 

 Me le acerco y lo escucho decir: “Algo pasó, como una gran inundación y todos están afanados por  limpiar”. Entonces veo  bien su cara: sus ojos no tienen color… creo que ahora entiendo… creo que él debe ser, algo así como eso que llaman  fantasmas. ¡Nada más me falta empezar a creer en aparecidos! 

Despierto de este sueño con la perplejidad de preguntarme si no es absurdo sospechar que un ser etéreo tenga consciencia y pueda deambular por la vida ante la indiferencia de quienes formaban su mundo. Concluyo rascándome la cabeza, pues, considerando las circunstancias, al menos en el sueño, yo también era un fantasma.  

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