"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


domingo, 1 de diciembre de 2013

PERDONAR, HE AHÍ EL DILEMA.



Siendo seres humanos en interacción con otros, estamos constantemente expuestos a recibir ofensas y a ofender. Dios está consciente de esta situación y no descarta que suceda aun  entre creyentes, familiares y seres queridos. La verdad es que en esos medios es que más suele ocurrir. Por eso la Palabra de Dios nos guía a perdonar y pedir perdón, y nos insta a amar, pues el amor es el único medio de olvidar ofensas y sanar heridas.                 
Debe ser incómodo estar sentado en el mismo banco o la misma fila en el templo, cerca de alguien con quien tenemos alguna “diferencia” (para no usar un término muy fuerte), o quizá sea preferible decirlo con  más precisión, una enemistad o un problema de ofensas. Es difícil ser objetivos al pensar de nosotros mismos en ese aspecto, (la culpa no fue nuestra, sino del otro, yo estoy bien con Dios, y él fue quien me hirió, quien me ofendió, quien conspiró contra mi). Dar el primer paso hacia la reconciliación es quizás la parte más dura para resolver el problema, aunque sea usted el agraviado y no el otro. Si hemos ofendido a algún hermano, es doloroso pero es necesario dejar a un lado  el orgullo y buscar el perdón de la otra persona.

Si no lo ha experimentado, créame que en la reconciliación hay una descarga deliciosa de paz y purificación de la conciencia que nos hace ver cuán amargo y corrosivo es para el espíritu guardar rencores e iras contra nuestros hermanos.      Alguien dijo: “Perdonar es poner en libertad a un prisionero, y descubrir que el prisionero… eres Tú”

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