"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


lunes, 19 de noviembre de 2012

HOY LLORAMOS COMO JESÚS LLORÓ EN BETANIA




Jesús lloró”, (San Juan 11:35), es una de las citas más cortas del Nuevo Testamento. Estas dos  palabras hacen ver que el Señor Jesús tenía sentimientos emocionales como toda persona humana; tenía un corazón que se conmovía ante situaciones penosas. La ocasión en que el Nazareno estuvo compungido y derramó lágrimas, fue ante la tumba de Lázaro, hermano de Marta y María de Betania. Todo indica que los miembros de esta familia tenían estrecha relación con el predicador de Nazaret de Galilea que ambulaba por toda la tierra de Palestina.

La manifestación de sentimiento emocional de Jesús, nos hace creer que Él puede estar compungido continuamente por las penas que causan dolor, sufrimientos, miseria, explotación humana, injusticia, o muerte súbita, que a veces puede ser violenta.
En el caso de Lázaro, el hermano de Marta y María, éstas estuvieron apenadas, pero con esperanza. Por eso Marta le dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. (San Juan 11:21). Esto es contrario a lo que acontece con muchas familias que están amargadas y desconsoladas por la condición en que viven, porque no tienen fe, ni esperanza de recibir ayuda competente, ni mejoramiento predecible.

Las hermanas Marta y María de Betania, así como otros miembros de la comunidad, tenían confianza en que la presencia e intervención de Jesús hubiera de servir para que Lázaro no muriera; contrario a esta certeza, el deseo de gente en estos días, en innumerables lugares y situaciones, es de tener disponibilidad de salubridad preventiva, asistencias médicas y servicios hospitalarios; mas, no alcanzan obtener éstas atenciones.
El evangelista nos dice en San Juan 11:7, que Jesús respondió al llamado de las dos amigas acerca del estado de Lázaro. El Maestro fue a acompañar a las dolientes y llora ante la tumba del fallecido hermano. Incontables familias llaman hoy, pidiendo auxilio, pero no reciben respuesta a sus súplicas y deseos.

Muchos se peguntan ahora, ¿a quién se puede pedir  que los acompañe en el sufrimiento, el dolor, y/o la muerte?  Cuantiosas personas son las que “levantan los ojos a lo alto” y miran a su alrededor preguntándose: “¿De dónde vendrá mi socorro?” (Salmo 121:1). Son innumerables los que claman como el perturbado poeta de los Salmos, diciendo: “Clamo desde lo profundo” (Salmo 130:1) del valle de la desolación, de las entrañas de los barrios marginados, de las comunidades que están en continuo estado de desesperanza, de hogares quebrantados, de hermanos en conflicto, de matrimonios en desbandada y que habitan en chozas de cartón, yagua, tejamanil y barro.

Multitudes anhelan respuestas positivas e inmediatas de atención de servicios para tranquilizar sus corazones y calmar sus atribuladas mentes. Numerosas personas desean tener esperanza de respuestas para curar sus heridas, aliviar sus dolores y cambiar la pésima vida en que están.

Jesús lloró y muchos lloran por la falta de fe, esperanza y por la ausencia de oportunidades para alcanzar el bienestar  social. Los que imploran por la mejoría de su condición de vida, están llamados a reforzar su fe y ampliar su confianza; pues, “la esperanza mantiene firme y segura nuestra alma, igual que el ancla mantiene firme al barco.” (Hebreos 6:19).

Telésforo Isaac
Obispo Emérito Iglesia Episcopal/Anglicana
Santo Domingo, R.D.

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