"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


domingo, 2 de abril de 2017

ABRAHAM: LLAMADO, FE Y OBEDIENCIA.

Abraham es,  entre los patriarcas de la antigüedad, el padre de todos los creyentes. Su historia tan emblemática nos ayuda a reflexionar en el valor que tienen la fe y la obediencia.  Los creyentes de hoy podemos encontrar en él un ejemplo de lo que es andar por fe.  El relato bíblico establece que Dios hizo un llamado a Abraham,  cuando este aun se llamaba Abram y vivía una vida al parecer muy estable y tranquila en su natal Ur de los Caldeos.  (Génesis 12). 
Una de las verdades a destacar aquí es que Dios tenía sus medios para hablar al ser humano. En cada caso era una experiencia individual y la persona estaba segura que era Dios quien le hablaba. Abram recibe de Dios una promesa múltiple: Haría de él una gran nación, lo bendeciría, engrandecería su nombre  y sería de bendición a otros.
Es clave el hecho de Abram le creyó a Dios. Sin embargo, su obediencia inicial no fue completa. Salió hacia Harán, no hacia Canaan, y se llevó a sus familiares, cuando el llamado era dejar a sus parientes.  Creo que esta actitud es común en nosotros como creyentes, ya  que hay áreas de nuestra vida en las que no estamos tan dispuestos a ceder y seguir las instrucciones del creador. Es esa tendencia nuestra a actuar conforme a nuestro propio criterio y asumir los riesgos que implica.  Esto usualmente causa que el propósito que Dios tiene no se cumpla con mayor facilidad, pues le agregamos complicaciones y accidentamos el proceso.

El peregrinaje de Abram aprendiendo a obedecer le tomó los primeros 25 años de interacción con Dios y a partir de ahí, con la promesa del nacimiento de su hijo, Dios disipó sus dudas y temores, le cambió el nombre, y le explicó los planes que tenía con él de forma más explícita. El propósito de Dios iba a trascender la vida física de Abraham. A pesar de que él moriría sin ver hechas realidad una parte de las promesas que recibió, su fe y obediencia son hoy nuestro legado, y nos ayudan a entender que la influencia, beneficios y buen nombre que podamos granjearnos en esta vida, pueden perpetuarse aun más allá de nuestra muerte. Vivir con el sentido de eternidad nos ayudaría a ser más solidarios, y menos egoístas, de modo que nuestras conductas de hoy determinen el futuro y esperanza de las siguientes generaciones.  

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