"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


martes, 24 de noviembre de 2009

NECESITO UN MILAGRO

A una hora inusual y  sin premeditarlo, a media mañana  me tendí sobre mi cama boca arriba y con los ojos abiertos, como si mi vista traspasara el techo, le dije a Dios: “Señor, necesito un milagro” después de unos segundos de silencio y con unas inexplicables lágrimas, dije: “Bueno, Señor creo que ha de ser  más de uno, talvez  tres o cuatro”.
 Y no dije más, me quedé ahí en silencio por un rato. Entonces, sin incorporarme aun, marqué el teléfono e hice una cita con mi peluquera, Patricia, con quien voy cada dos meses, porque vive al otro lado de la ciudad. “Trae un libro de Alimento para el Alma-- me pidió ella -- hay una vecina enfrente que leyó en  el mío y quiere obtenerlo”.

Llegué al salón  y cuando Patricia terminaba con mi cabello, llegó otra cliente. La recién llegada, una joven un tanto excéntrica permaneció callada hasta algún punto en que una frase mía introdujo el tema de la fe. Espontáneamente esta joven hizo un chiste que evidenció que de alguna manera ha estado expuesta al evangelio. Procedí entonces a preguntarle directamente si tenía a Cristo en su corazón. Dijo que debería tenerlo, porque sabe que él ha tenido misericordia de ella, pero ella le había fallado. Allí tuve que oírla confesar con sus propios labios que era hija de un  pastor, un hombre de Dios que había muerto hacia pocos meses, y que ella no tenía (por la vida ejemplar y el mensaje de su padre) ninguna excusa para resistirse al evangelio. Ya era hora de irme, pero sentí que allí empezaba el Padre a obrar el primer milagro. Patricia apagó la televisión y encendió su CD player con una selección de música cristiana. Ella se encargaría de darle seguimiento a esta alma, la tendría un par de horas en sus manos. ¡Pero! ¿Para quién era el libro devocional que me pidió? ¡Ah! Por poco se le olvida, era para una vecina de enfrente. “Ve tu misma, que ella va a saber” me indicó Patricia. Y así hice, crucé la calle, saludé a través del portón de hierro que rodeaba aquella casa y una señora, tal vez cerca de los 60 años, me pidió que esperara un minuto. Estaba tendiendo ropa en un cordel. Enseguida se acercó  y le mostré el libro, “Vine por que me pidieron que le trajera este libro”. Me abrió y me invitó a sentarme en su balcón, ella hizo lo mismo frente a mí en las clásicas mecedoras que amueblan tantas terrazas dominicanas.  La señora N., es católica, pero me dijo, “Dios ha hecho grandes cosas en mi vida” y por eso lo estoy buscando.  Creo que este libro suyo me puede ayudar ¿Usted cree que sí? Le aseguré que sí. Y yo siempre de prisa, no pretendía que esta cita no agendada fuera larga, pero estaba frente a otra alma sedienta de Dios La Señora N.  empezó a contarme que es dos veces sobreviviente de cáncer, de un riñón y de un seno, puso una mano en  su pecho para que notara el vacío en su costado derecho. En eso se aproxima una niña delgadita y frágil, y sonriendo con timidez se sienta junto a nosotras, a su falda se suben tres perritos chihuahua que la seguían. Le pregunto su nombre (G.) La Señora N. me informa que la niña también está enferma, que es diabética. Quedé asombrada de oír que a esa corta edad, (estimo que unos que tiene unos 10 añitos) pudiera alguien padecer esa seria enfermedad.  

Hallé en la señora N. otra mujer de esperanza, que ha librado batallas que otros tal vez no seriamos capaces de sobrellevar. Con mi tarjeta en sus manos, ahora sabe mi nombre. “Georgina, la historia se queda corta si le explico cómo Dios ha provisto cada centavo de mis costosas operaciones, terapias y medicamentos”. Por eso hoy se que debo buscarlo…” Entonces comienzo a compartirle sobre la necesidad de salvación, pero ella no me dejaba terminar, completando las frases, como quien ya sabe  lo que tiene que hacer: La invité a orar. Oramos por su salvación, oramos por su salud, por la salud de la pequeña G., y por la provisión de Dios para aquella familia. Al salir se nublaron otra vez mis ojos con lágrimas. ¿Serían estos los milagros que pedí? ¿Cuántos iban? ¿Tres tal vez?  Creí que había pedido para mí, pero realmente, repasando, nunca especifiqué qué estaba pidiendo, ni para quién. Claro, pienso que también hubo uno para mi: descubrir que cada vida que podamos influir, cada alma que podamos acercar al Señor, cada persona que podamos traer a los pies de Cristo, es más que un milagro.