domingo, 10 de noviembre de 2013

DE LA FE, LAS PRUEBAS Y SACRIFICIOS

(LECTURAS DEL GÉNESIS IV)


El padre de la fe. Así se le conoce hoy, y no es para menos. En la narración de la vida de Abraham en la Biblia, hallamos capítulos apasionantes, pero ninguno como aquel en que, cuando su vida parecía estar en la plenitud de la realización, recibe un nuevo reto de parte del Dios verdadero: “Abraham, toma a tu hijo único, al que amas y ofrécelo en sacrificio en el lugar que te indicaré.” Estremecedora petición que dejaría en shock a cualquier simple mortal, y  que provoca reacciones de perplejidad y cuestionantes respecto a qué cosas es Dios capaz de solicitarnos,  qué retos podemos enfrentar  en el camino de la fe, y por qué razones debe ser probada dicha fe. 

El registro Bíblico (Génesis 22) afirma que en ese momento Dios iba a probar la fe de Abraham. Pero ¿Quién necesita saber hasta qué punto era firme la fe de aquel hombre? Si tomamos en cuenta la omnisciencia de Dios, debemos concluir en que es Abraham quien necesitaba estar consciente de su nivel de conocimiento, confianza y dependencia de Dios por encima de todo. En ese orden, el propósito de las pruebas en la vida del creyente siempre tiene que ver con fortalecerla fe, crecer en nuestra relación con el Padre y glorificar a Dios.
  Los planes que Dios había pactado con Abraham eran  muy trascendentes y desde luego, todo cuanto ocurriera en su vida afectaría el cumplimiento de aquellas promesas de la que era beneficiario.  Su descendencia en Isaac se multiplicaría “como la arena del mar, o las estrellas del firmamento”, hipérbole que implicaba que incontables seres humanos a lo largo de la historia serían parte del plan redentor de Dios por la fe. 

Pero ahora Abraham, con diligencia, obediencia absoluta, con una seguridad inquebrantable, va camino al monte donde deberá cumplir con hacer un ¡sacrificio humano! Tal vez esta práctica fuera común en pueblos paganos donde imperaba la barbarie, pero esa no es práctica atribuible en forma alguna al pueblo del  Dios Creador. Referencias Bíblicas en otros textos de la Biblia completan la información de cómo en la mente de Abraham estaba la seguridad de que si Dios pidió esto, de alguna forma, Isaac sería librado, aun fuere por medio de la resurrección. Tenía la convicción de que subiría al monte, adoraría y regresaría a casa con su amado, único hijo.
Y así fue, no sin antes ver llegar “la hora de la verdad”, cuando el ángel le impide consumar el sacrificio y le reitera las recompensas de su obediencia, de su fe y su temor de Dios. 

Hoy muchos de  nosotros, no nos querríamos ver en los zapatos de Abraham, porque tal vez, ante un pedido de sacrificio de parte de Dios (aun fuere simbólico), tengamos muchas cosas y personas que no estemos dispuestos a ofrecer delante del altar para honrar a Dios dándole el primer lugar en nuestras vidas. Tal vez, se trata de áreas reservadas a las que Dios no tiene nuestro permiso de acceder, cosas o personas a las que no queremos renunciar aunque que nuestra conciencia nos alerta que debemos… Así, hay niveles de relación e intimidad con Dios que nunca vamos a conocer. Así, hay recompensas y promesas de Dios que nos vamos a perder. Y Abraham seguirá pareciendo mítico, irreal e inimitable. 

Posdata: 
 Con todo y escalofriante que nos parezca, alguien entregó a su único hijo en sacrificio. Dios lo hizo. ¿O no es esa la historia de Jesús?

domingo, 3 de noviembre de 2013

MESIAS



No me queda más que adorarte
Porque te pienso
y enseguida se exaltan mis sentidos
Porque te pienso
Y se agita mi palpitar
Y sonrío a solas
Y sonrío en medio del tumulto
De solo querer, de solo intentar hablarte
Y decirte, que lo que produces en mi
Es dulce, sublime, armonioso.

Eres adorable
Nada me complace más que tu cercanía
Nada me conforta más que tu voz
Y me asombra que, en tu realeza
Te inclines a lavar mis pies.
Cuando lo haces,
En  un lapso me confundo y
Me siento reina majestuosa.
Cuando lo haces,
En  un lapso me confundo
Y me siento diosa.
Pienso que ni las ninfas ni las musas,
Ni las diosas paganas de los cuentos fabulosos
Del Olimpo pueden presumir de tanto.


GThompson Nov. 02, 2013.
 

EN EL LABERINTO




De vez en cuando, como hoy, algo me despierta levemente
Y me hace evocar la nostalgia de cuando eras mi respirar
Cómo te cuidaba, mimaba y velaba por tì,
Y un ligero vestigio de deseo surge: ¡Debo reencontrarte!


Pero casi he olvidado cómo eres, y sé que puedes estar cerca
Pero te siento perdida, como yo me siento perdida, en un laberinto.
Y es probable, que en mi búsqueda desesperada
no haya punto de encuentro.


Hoy el dolor me recordó mis pintorescas oraciones
Que prefería cualquier quebranto y no el que me impidiera
Hacer contigo el arte perfeccionado de la expresión,
Crear muchos mundos nuevos cargados de vida.
Sí, hoy recuerdo que eras mi arte, mi porción, mi pan.


De vez en cuando todavía alguien
 pregunta dónde está mi voz.
No sé si está viva  en el ostracismo
o si ya muerta, quisiera el Mesías repetir el milagro de Lázaro,
y ordenarle salir fuera.
No lo sé.
GThompson. 21-9-2013

THE SIN CITY (LA CIUDAD DEL PECADO).




(LECTURAS DEL GENESIS III). 

Mi primera visita a los Estados Unidos me llevó a la  cautivante ciudad de Las Vegas. Fui a una convención de radiodifusores que anualmente se realiza en un enorme centro de convenciones y por coincidencia, al ser Semana Santa,  tuve la oportunidad de asistir a dos actividades en una iglesia cristiana local. (Sí, hay iglesias de verdad allí, y no solo las capillas para bodas al vapor). 

  A pesar de que se puede ver y hacer muchas cosas sanas en Las Vegas, es un ambiente inusual para uno, si se toma en cuenta la reputación que la misma tiene: Los estadounidenses la llaman “La ciudad del Pecado” y además es famoso el dicho “Lo que se hace en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, aludiendo a la tolerancia y permisividad con que allí se da rienda suelta a los apetitos más bajos que pueden acompañar a un ser humano: ambición, avaricia, adicciones y promiscuidad. 

Pero hubo una ciudad en tiempos antiguos que, de acuerdo a las crónicas bíblicas, me parece que supera con creces a esta luminosa ciudad contemporánea: Sodoma. 

Es una historia difícil de citar sin experimentar un poco el malestar de exponer cuán grave puede llegar a ser la ofensa de los hombres a su creador. Lot, personaje Bíblico sobrino de Abraham, al separarse de su tío empieza a mirar las luces y  la prosperidad de Sodoma, y establece allí su residencia, tal vez con la intención de continuar prosperado en sus negocios. Es legítimo tener ambiciones en la vida, siempre que éstas sean altruistas y no impliquen que tengamos que negociar nuestros principios. 

 Con el tiempo, el inminente juicio de Dios contra Sodoma, a causa de su soberbia, de su indiferencia social y su depravación, ponen en juego la vida de la única familia que parecía haber conservado algo de dignidad… pero aun en medio de un rescate de emergencia, Lot y su familia vacilan, dudan, se retrasan y deben ser urgidos a alejarse rápidamente, sin mirar atrás. Pero, cuando a punto de ser libres del juicio inminente, un miembro de la familia, la esposa de Lot, voltea a mirar, como en un impulso de devolverse a lo que dejaba atrás, en una añoranza de las cosas materiales  que no quería perder, las ráfagas del juicio la alcanzan y queda la patética estatua de sal como un monumento a la duda y al retroceso: ella había salido de Sodoma, pero Sodoma aun estaba dentro de su corazón.  

Hoy nuestras ciudades se corrompen y nos invitan a adaptarnos a nuevos tiempos en los que se pretende que negociemos nuestros valores y principios.  La Sodoma de ayer se multiplica hoy, y como Lot, tenemos la opción de ser el freno moral que desacelere el tren de la depravación y ser libres de condenación o simplemente adaptarnos a un esquema de vida que tarde o temprano tendrá lamentables consecuencias.