"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


sábado, 29 de mayo de 2010

GEORGINA EN LA SILLA ELECTRICA

No es fácil sobrevivir a una silla eléctrica. Algunas secuelas deben quedar. Al menos en mi quedan algunas ráfagas de estrés pos traumático y un diente menos. ¿Por qué  llegué allí? Porque los placeres a veces tienen un altísimo costo.

Una tradición dominicana y de otros puntos del caribe, es que al cocinar arroz, en el fondo del caldero (recipiente, olla o cazuela) queda una especial ración del cereal que adquiere una connotación de “premio” para aquellos que valoran texturas y sabores distintos en una misma comida.  Es el sin igual “concón”, del cual se han hecho poemas, odas, cuentos y canciones, acompañadas por el sinfónico sonido de una cuchara raspando el caldero con ansiedad y avidez.

Sí, me declaro culpable y asumo toda la responsabilidad de haber sucumbido a la tentación de comer concón, y hacerlo sin medir consecuencias. Había preparado un arroz con maíz, serví todo el arroz aparte y entonces, mis ojos golosearon y mi paladar se hizo agua ante la belleza de aquel concón blanco y amarillo. Lo raspé rápidamente y me senté  a degustarlo. No pude completar aquella celestial jornada de gozo. Un ruido discordante, como si hubiera mordido una piedra, me hizo detenerme en seco. Mi comida por supuesto no tenía piedras. Se me había quebrado un diente.

Eso me llevó a la silla eléctrica. Tres citas con la dentista, terminaron en extracción. Radiografías, anestesias, antibióticos y lo peor, aun no puedo sonreír a plenitud; el hueco del segundo molar superior derecho,  aun está desocupado, y entretanto,  me esfuerzo en conservar la sonrisa de la Monalisa.  Y el estrés se manifiesta cada vez que veo una ración de concón, del cual aun quiero huir angustiosamente.

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