"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


sábado, 8 de agosto de 2009

SOLEDAD

Estudios sociológicos establecen que al hombre le resulta muy difícil vivir aislado de la gente sin desarrollar conductas distorsionadas, no propias del ser humano. He disfrutado más de una vez viendo la película “Naufrago” (Cast away) en la que Tom Hanks sobrevive solo, por años, en una isla desierta. En un momento dado, el protagonista le atribuye personalidad e identidad a una pelota (Wilson) con la que habla (y a quien “escucha”), llora, ríe, discute, se enoja y reconcilia. Perder a Wilson en medio del mar fue sumamente traumático, pero el recurso de creerse acompañado fue poderoso, la clave para perseverar por su vida.
La soledad, más que una situación, puede ser una actitud. Es el pesar y la melancolía que nos abriga por la falta de compañía. La soledad no es simplemente la ausencia de personas alrededor nuestro, porque nos sucede a veces que, aun en medio de mucha gente, podemos sentirnos desesperadamente solos. Podemos incluso tener una agitada vida social, involucrarnos con muchos tipos de personas y hasta liderar grupos que nos permiten relacionarnos con los demás, y sin embargo, continuar sintiendo el vacío de no poder brindar a otros un poquito de lo que realmente somos o sentimos. Es ese el instante en que Dios puede hacernos entender nuestra necesidad de SU compañía y también hacernos sentir que en realidad no estamos solos; que aun siendo Dios mismo suficiente para llenar el vacío, provee a nuestro alrededor personas que al igual que nosotros ansían dar y recibir afecto y aceptación.

Entonces ya no hay porqué sentirnos solos, tenemos un Dios que ha prometido estar con nosotros siempre. Entremos pues, a la presencia de Dios y sintamos cada momento su grata compañía.

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