"Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y enterrado,escribe cosas dignas de leerse, o mejor aún, haz cosas dignas de escribirse... - Benjamin Franklin


miércoles, 27 de mayo de 2009

ENREDO EN EL JARDIN DEL EDEN

Por Telésforo Isaac

He aquí lo que pasó en el jardín del Edén según el libro del Génesis. Hubo un enredo entre el Creador y los seres creados Adán y Eva, con la interferencia del Tentador (la serpiente). El Tentador hizo caer a los primogénitos de la raza humana en la desobediencia y el error de hacer lo que el Creador señaló no cometer.

A la desobediencia de los personajes de la narrativa del umbral de la cronología de la conducta humana, se le llama pecado. El pecado o desobediencia, fue motivado por la envidia y por tanto, la envidia es la raíz del pecado, según se puede apreciar ahora.

El Tentador puso a Adán y a Eva a tener sentido de envidia; envidia de Dios, envidia porque el Creador poseía algo de lo que los seres humanos carecían, y el Tentador sabía muy bien que “la envidia es una declaración o sentimiento de inferioridad”, como decía Napoleón Bonaparte.

El Tentador estimuló el sentimiento de inferioridad de los seres que habitaban el paraíso e hizo que buscaran ponerse a nivel de la Divinidad en conocimiento, y contemplaron hacer competencia para no estar en una escala inferior, sino en igualdad con el Ser Superior. En fin, podemos decir que la envidia es el motor que induce al error, o sea, al pecado. Es el sentimiento que refleja el complejo de inferioridad; pero, concomitantemente, la envidia puede ser la chispa que incita la búsqueda de la competividad y la superación.

Los seres humanos cayeron en la tentación y dieron demostración de que son en verdad seres acomplejados e inferiores al envidiar el conocimiento y la capacidad de Dios. Pecaron porque anhelaron ser como el Creador. Fue un error garrafal y el inicio de lo que los teólogos llaman “la caída del ser humano”.

Por lo que vemos, los seres humanos son entes envidiosos por antonomasia. Entre ellos, hay quienes llegan al colmo de envidiar a la Potencia Divina; pues, quieren ser como el mismo Dios. Tratan de adquirir fama, gloria y poder como el Ser Superior.

La envidia puede ser notable en parejas de cónyuges, entre hermanos, entre condiscípulos, entre compañeros de labores, en círculo de profesionales, en la competitividad empresarial, en asuntos eclesiásticos, en la política, entre pueblos y naciones; en fin, en todas las facetas de las relaciones humanas.

La envidia es la dinámica constante de la competencia. Es lo que impulsa la ambición. Es lo que motiva al ser humano buscar y luchar para ascender despojando, engañando, traicionando, pisoteando, desplazando, arrebatando y escalando sobre los demás, a fin de ponerse en el lugar del envidiado.

El escritor español Fernando Savater, dice en su muy leído libro “Los Siete Pecados Capitales”, (Pág.138), que “el envidioso es más desdichado que malo”. En verdad se puede decir que los personajes Adán y Eva no fueron malos, sino mas bien, desdichados a causa de su envidia y anhelo de saber tanto como Dios.

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